Paul navega hacia la isla Santa Catalina, California

Paul, quien se encuentra en Los Ángeles para una reunión con Capitol Records, se toma el último día libre para navegar junto a su nueva novia Linda Eastman, Ron Kass (jefe de Apple), Tony Bramwell (empleado de Apple) y su amigo de la infancia Ivan Vaughan, en el yate de John Calley, ejecutivo de Warner Bros.

Tony Bramwell: “Paul sabía que si Linda y él viajaban solos, las noticias iban a esparcirse rápidamente. No estuvo muy seguro si ir o mantenerla en secreto un poco más, escondiéndola en el bungalow. Al final decidieron que iría, y que en cualquier caso Linda podía decir que sólo estaba tomando fotos.

Mientras salíamos del Hotel para entrar a la limusina, Peggy Lipton apareció repentinamente, en bikini y con una toalla en su bolsa de playa, lista para pasar el día con nosotros. Alguien debe haberle dicho que nos íbamos a navegar. Paul la vió y dijo de inmediato “Oh dios mío, ella no puede venir”. Tuve que encargarme de decirle del modo más amable posible que se trataba de una fiesta privada, mientras Linda estaba parada silenciosamente cerca, haciendo de cuenta que no estaba con nosotros. Peggy se molestó bastante y se puso a discutir. Me di cuenta que necesitaba la publicidad para su carrera y estaba decidida a lograrlo, pero Paul estaba cansado de que las chicas lo usaran. Manejamos rápidamente, dejando a Peggy en las escaleras de entrada del hotel, llorando.

Fue uno de esos días perfectos, no para Peggy por supuesto… Navegamos a Catalina sintiéndonos como Bogart y Bacall para quienes las islas eran su destino favorito, junto con los Flynns y los Fairbanks. Buceamos alrededor del bote en el claro mar azul donde los delfines se zambullen, tomamos sol en la terraza del bote, comimos sandwiches de tocino y tomamos champagne. Fue un día maravilloso, un antídoto para los meses de locura en Londres.

Más tarde, hicimos check out del hotel para regresar a Londres. Paul y Linda eran como gemelos siameses, tomándose de la mano y mirándose a los ojos todo el viaje hacia el aeropuerto. En la sala VIP, se sentaron alejados de nosotros en un pequeño grupo de asientos en un pasadizo central, ese tipo de asientos que van espalda con espalda con otra hilera. De repente, las puertas se abrieron de golpe, como si hubieran llegado el sheriff y sus hombres al Saloon… “¡FBI!” ladró uno de ellos mostrando su placa. “¡Hay una bomba en su avión! ¿Conocen a algún hombre caucásico que tuviera alguna represalia en su contra?” Paul estaba sorprendido. Esto era años antes de que las estrellas fueran asesinadas o necesitaran guardaespaldas. Él dijo “No, nadie”. “¿Les importa si reviso sus maletas?” preguntaron. Con el rabo de mis ojos, me di cuenta que Linda muy rápidamente golpeó de modo sutil con el taco. Su neceser cuadrado, que estaba en el suelo bajo su asiento, se deslizó hacia la fila de asientos vacíos y, afortunadamente, quedó escondido bajo uno de ellos. De manera casual se puso de pie “Bueno, chicos, supongo que debo decir adiós, tengo que ir a registrarme para mi vuelo” dijo Linda. “¿En qué vuelo va usted?” preguntó uno de los agentes de seguridad. “New York”, dijo Linda, “No estoy viajando en el grupo del Sr. McCartney”. Nos sonrió y se escabulló por la puerta de la sala VIP como si tuviera todo el tiempo del mundo, y como si no hubiera suficiente marihuana empacada en ese neceser como para poner en nota a una manada de elefantes.

Todos nos preguntamos si Linda se las ingenió para volver por su neceser, o si se quedó allí. Quién sabe, nunca pregunté.

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