El hombre que sabía demasiado.

Fuente: elpais.com.uy Fernando García (desde Buenos Aires)

No está claro si la estrella es el fotógrafo o sus modelos, todos mitos
de la cultura popular de los últimos cincuenta años. Bob Gruen (Nueva
York, 1945) está en sala principal del Centro Cultural Borges, en la
inauguración de su muestra de fotografías Rock Seen -un álbum de fotos
descomunal de la época dorada del rock que en 2012 pondrá proa en
Montevideo- y los flashes lo vuelven una pared de luz.

Hay equipos de televisión, periodistas y curiosos que se mueven como una
turba de foto en foto mientras el bueno de Bob cuenta las historias por
detrás. Gruen ha estado en la trinchera del rock de fines de los
sesenta y ha visto con sus ojos y su cámara como pasó de banda de sonido
de la contracultura a gran espectáculo y de vuelta a agitación con el
punk: David Bowie, Freddie Mercury, Iggy Pop, Deborah Harry, Mick Jagger
y Keith Richards, los Ramones, The Clash.

Y John Lennon. Gruen ha visto, sobre todo, a ese hombre asesinado por un
imbécil en su tránsito por los Estados Unidos desde la insegura etapa
post-beatle
al amanecer de los 80, cuando el sueño realmente se terminó.

Y está aquí para contarlo.

UN TIPO INTELIGENTE.

-Cuando lo conocí, Lennon era un alcohólico. Bebía demasiado. Toda su
vida giraba en torno a eso. Fiestas. Bebida. Una noche entera en el
estudio bebiendo, después salir a comer sólo para poder seguir bebiendo.
Tomábamos mucho tequila entonces. Él decía que esas grabaciones eran
las “tequila sessions”.

Me refiero a la época de los discos de
Elephant`s Memory y un par de discos de Yoko. Luego sucedía que a los
críticos les interesaba que Lennon hiciera música de Los Beatles y él
hacía rock político en ese momento con Plastic Ono Band: “Power to the
people”, “Woman is the Nigger of the World” y eso… Y los críticos
querían escuchar “All My Loving”, quién sabe… Y no les gustaba Yoko, que
tenía una parte importante del show por entonces.

El problema es que
John era muy sensible, acaso demasiado, a las críticas. Se deprimía y en
ese momento tenía al FBI detrás que quería deportarlo. Lo que la gente
no sabía entonces es que en ese momento había un juicio pendiente entre
Allan Klein y Los Beatles y el dinero estaba en mano de los abogados
hasta que se decidiera qué porcentaje era para Allan y cuál para el
grupo.

-De lo que deduzco que Lennon estaba lejos de ser un millonario por entonces…

-Nada parecido a eso. Imagine que la compañía le había dado un adelanto
de diez mil dólares. Eso no era nada para un ex beatle que podía
gastárselo en una fiesta. Cuando se instaló en Los Angeles vivía con un
presupuesto muy bajo, alquilaba un auto viejo, no había ninguna limusina
esperándolo. Fueron días realmente duros para Lennon. Estaba muy
deprimido y bebía mucho, demasiado. Yo no lo acompañé a Los Angeles y
ésa es una de las razones por la cual puedo estar hablando ahora. Fueron
sus días con Keith Moon, Alice Cooper, Harry Nilsson y un montón de
drogas y alcohol. Me preguntaba qué sería de él…

-¿Cuándo se reencontraron?

-Volvió a Nueva York en el verano del 74. Cuando nos encontramos me
pidió que lo fuera a ver al estudio y ahí fue que hicimos la famosa foto
con la remera de Nueva York, que era mía. En Los Angeles hubo una noche
en que lo sacaron de los pelos de un night club; salió al otro día en
los diarios. Verse en esa foto no le gustó nada y fue como un
despertador para él.

 Cuando vio los diarios de Los Angeles a la mañana
siguiente pensó: “Qué mierda… Éste no soy yo”. Cuando volvió a Nueva
York había dejado de beber y se rodeó de un núcleo básico de gente. A
diferencia de lo que venía haciendo: cuarenta personas en el estudio,
todas totalmente locas, siguiendo a Phil Spector. En Nueva York terminó
el disco Walls & Bridges solo con Jim Keltner, Klaus Voorman y Nicky
Hopkins, un entorno mucho más saludable… Y en diciembre de ese año
volvieron a vivir juntos con Yoko. Volví a verlo en marzo y estaba
limpio y saludable; se veía impecable. Hicimos unas fotos muy lindas
también. Entonces fue que contó que Yoko estaba embarazada.

Cuando Sean nació, en octubre, John era un hombre nuevo. No sólo porque
había dejado el alcohol por completo y no tomaba drogas, sino porque
había cambiado hasta su alimentación. Un día se enfermó, tuvo una fiebre
de dos días, con vómitos y demás. Por cuarenta días sólo tomó jugo de
frutas y vegetales. Fui a visitarlo en medio de esa dieta extrema y era
como verlo volar en ácido: estaba tan limpio, con una lucidez increíble.
Lo disfrutaba. John era un tipo muy inteligente. En todos esos días que
no comió nada sólido, lo único que hacía era pensar en la comida.
Canalizó ese deseo atiborrándose de libros de cocina y nutrición.

Tenía
fantasías sobre cuál sería el almuerzo más fantástico que podría
ingerir. En ese lapso aprendió todo sobre la comida macrobiótica. La
macrobiótica es un mal nombre para una dieta fantástica. Suena a un
experimento de ciencia ficción pero no lo es. John tenía una caja de
libros de macrobiótica y se los regalaba a todos sus amigos. Yo tengo
uno. No le presté atención hasta algunos años después de su muerte y me
ha sido muy útil para balancear mi alimentación.

LO IRREPARABLE.

-¿Cómo prosiguió la relación entre 1975 y el momento en que lo mataron?

-Cada vez estaba mejor de ánimo, pasaba mucho tiempo en su casa cuidando
a Sean. Eso es algo que tomó muy en serio, disfutando de cada minuto
con su hijo. Un día me contó que había organizado un viaje en yate a las
Bermudas y que sobrevino una tormenta. Decía que el barco se movía para
todos lados y que la tripulación comenzó a sentirse realmente mal
mientras que él, que seguía con su dieta de vegetales y arroz,
permanecía sano.

Nadie estaba en condiciones de manejar esa embarcación
excepto John, que era el que los había contratado. Le dieron un piloto
amarillo y le indicaron como tenía que hacerlo. Me decía que pensaba
cantar canciones de marinos para mantener alta la moral pero sólo sabía
las suyas. La sola idea de verlo en el timón cantando “Yellow Submarine”
o “I Want to Hold Your Hand”… Fantástico.

Hacia 1980, si lee detenidamente las entrevistas que le hicieron
entonces, verá que son las mejores que dio en su vida. En Playboy, en
NBC… Era franco, con mucho sentido común y agradecía la oportunidad de
haber podido aprender la alegría de vivir con una familia.

-¿Cuál fue la última foto que le sacó?

-Fue en el cruce peatonal de la calle 44. John y Yoko… Dos días antes de que lo mataran.

-¡Dos días!

-Sí, el 6 de diciembre.

-¿Cómo recuerda el momento en que supo que lo habían matado?

-Muy mal. Estaba revelando las fotos que le había sacado dos días antes.
Se suponía que tenía que llevárselas al estudio ese mismo día. Estaba
todavía en el cuarto oscuro, en el proceso de revelado, cuando el
portero llamó para decirme que había escuchado en la radio que John
Lennon había muerto.

(Gruen baja considerablemente la cadencia y el volumen de la voz).

Escuché que le habían disparado y, quizás negando la posibilidad, me
conformé pensando que estaría herido y saldría adelante. Pero a los
pocos minutos otro amigo llamó para decirme que John había muerto y no
había vuelta atrás. Fueron las palabras más irreparables que escuché en
mi vida. Todo lo que hacía era dar vueltas por el laboratorio pensando:
“¿Cómo se arregla esto?” Por supuesto, no había nada que hacer. Era para
siempre, muy duro…

-¿Mantiene contacto con Yoko?

-Sí, es una de las personas más sofisticadas que he conocido en mi vida.
Cuando la gente me pregunta cómo es Yoko, les digo: es la clase de
mujer que John eligió para casarse.

DOS GRANDES ARTISTAS.

-Usted dijo que los Rolling Stones eran la representación exacta del rock&roll. ¿Por qué?

-Porque prácticamente la inventaron. Si usted quiere tener un aire de
rock&roll tiene que parecerse a los Stones. Está todo en sus caras,
el corte de pelo, la actitud… Sobre todo la actitud. Tomemos a Keith
Richards. Es imposible hacer una foto mala con él. Cuando está bien,
sale realmente bien en las fotos. Y cuando no se siente bien, queda la
actitud. Es cool, siempre perfecto, nunca lo vemos mal en una foto.

-Usted hizo una foto donde Lennon, Jagger y Yoko están sentados al piano. ¿Qué pasó ese día?

-Esa noche estábamos en el estudio Record Plant con John y Yoko, creo
que en 1972. Volví a casa a eso de las tres de la mañana y el road
manager me llamó y me dijo: “Tenés que volver al estudio, Mick Jagger
está en camino”. Así que subí el equipo al auto y volví al estudio.
Llegué cinco minutos antes que Mick. Fue muy hermoso verlos juntos.

Obviamente se encontraron como dos viejos amigos, contentos de verse una
vez más. Estuvieron un rato hablando y luego John se sentó al piano con
su guitarrista Wayne Gabriel, y Mick se les sumó luego para tocar en el
piano una canción de Yoko. Se puede ver en la tira de contactos que la
estaban pasando bien y que eran buenos amigos.
 
-¿Hablaba Lennon sobre los Beatles con usted?

-Nunca fue un tema entre nosotros, creo que recién se despachó sobre
toda esa época en la nota de Playboy. Una vez me dijo que estaba
orgulloso de ser el líder del mejor grupo del mundo. La última noche que
lo vi estaba grabando una canción con Yoko, “Walking in the Ice”… John
estaba muy contento con las críticas positivas para Yoko en el álbum
Double Fantasy. Era curioso porque decían que Yoko era avant-garde y que
la música de Lennon se había vuelto MOR (Middle of the Road, Mitad del
Camino).

No le molestaba eso. Era la primera vez que Yoko no era
destrozada por la crítica y John lo celebraba. Fuimos al estudio a
grabar otra canción de Yoko y cuando nos tomamos un descanso durante la
mezcla, recuerdo a John diciéndome algo que podría sorprender al mundo
pero no a mí, que lo conocía muy bien. Me dijo que como productor estaba
orgulloso de haber trabajado con dos de los más grandes artistas que
había conocido: Paul McCartney y Yoko Ono.

-Es interesante que haya hecho ese rescate de Paul. Todos crecimos pensando que se odiaban.

-No, los que peleaban eran los abogados. Él estaba muy orgulloso de lo
que habían hecho juntos. Nunca vi a los Beatles como grupo pero los
conocí por separado, a través del tiempo.

El blog de Sgt en Abbey Road

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