En los estudios Apple de Londres, George Harrison graba la cara B de su sencillo Give Me Love (Give Me Peace On Earth), llamada Miss O’Dell bajo supervisión del ingeniero Phil McDonald.
La canción se grabó en 37 tomas. En la grabación participaron Harrison, a la voz y la guitarra acústica de 12 cuerdas; Klaus Voormann, al bajo; y Jim Keltner, a la batería.
Antes de la toma 25, Keltner tocó un motivo con un cencerro. A Harrison le gustó y le sugirió que lo mantuviera en las tomas restantes.
La toma 20 fue marcada con la indicación «Bien. Empalmar el inicio en la toma 33», lo que significa que la introducción se añadió a la toma principal (la número 33). La sesión concluyó con la toma 37, tras la cual Harrison les dijo a los demás músicos: «Creo que ya es suficiente con esta«.
La canción había sido escrita en 1971 para Chris O’Dell, quien había trabajado para Los Beatles en Apple Corps, mientras esperaba su visita en Malibú.
Aquella noche, en la playa, a él no le interesaba mucho la charla trivial; prefería hablar sobre la situación en Bangladesh y sobre cómo Ravi Shankar le pedía ayuda para llamar la atención sobre la hambruna y el terrible sufrimiento que padecía el país, a causa de los disturbios militares y un ciclón devastador. Estuvo hablando durante un buen rato, explicándome la situación política y cómo estaba afectando a la población bangladesí. Yo no sabía casi nada al respecto y escuchaba, atónita, mientras él detallaba los horrores que habían azotado al país.
De repente, me miró con las cejas levantadas, como si acabara de recordar algo.
«Tengo algo para ti», dijo. Se levantó de un salto del sofá y se dirigió al dormitorio. Sentí que el corazón se me aceleraba. «¡Uy, uy!», pensé. «¿Y si vuelve con un camisón y me pide que me lo pruebe?». Con George, nunca se sabía.
Regresó medio minuto después con su guitarra acústica y se sentó a mi lado en el sofá. Se apartó el pelo tras las orejas, sostuvo la púa entre el dedo índice y el pulgar de la mano derecha, me miró con la cabeza ligeramente inclinada y dijo: «Voy a hacerte famosa».
No tenía ni idea de qué esperar. Empezó a cantar, mirándome directamente a los ojos. Era una canción muy divertida; ligera y con un aire folk. Mientras George cantaba, intenté aferrarme a cada palabra, con la esperanza de recordarlas. Cantaba sobre el arroz que nunca llegó a Bombay, el esmog que contaminaba las costas y cómo no le importaba en absoluto el tocadiscos averiado que había en el suelo.
Me quedé atónita. No sabía qué decir. Me sentía… incómoda. Esa era la palabra: totalmente incómoda. No tenía ni idea de cómo reaccionar.
Tocó el último acorde, con las manos aún sobre la guitarra, y se echó a reír. Sabía perfectamente lo que significaba que un Beatle escribiera una canción sobre ti, y le divertía muchísimo ver mi reacción de estupefacción… ¡No podía creer que George hubiera escrito una canción para mí, y que además hubiera usado mi nombre como título! Me sentía avergonzada y abrumada. No sabía qué decir ni cómo comportarme. La canción era un regalo, pero era algo demasiado grande, demasiado.
— Chris O’Dell
